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Una realidad incontrastable es que, en la mayoría de los países de Latinoamérica, aumentó de forma significativa la violencia y los delitos, así como los accidentes de tránsito. Otros países han mantenido sus tasas delictivas y sólo pocas ciudades como Bogotá, Medellín y Santiago de Chile han logrado bajar sus tasas de delitos violentos. El panorama para el 2008 no se presenta nada alentador, ya que en la mayoría de los países continúan los problemas con sus instituciones de seguridad pública. No sólo la falta de recursos es lo más grave. Instituciones como la policía, Fiscalía, Poder Judicial y sistemas de prisiones están muy cuestionadas por problemas de burocracia y corrupción. Ante ello, a los ciudadanos sólo les queda restringir muchas de sus actividades por la inseguridad. Hay un sentimiento generalizado de inseguridad, no debemos olvidar que sin seguridad no hay desarrollo y se afectan intereses nacionales como la inversión extranjera o el turismo.
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Una día doloroso pero que nunca debemos olvidar, fue aquella tragedia ocurrida en el Estadio Nacional, el 24 de mayo de 1964 en el partido Perú-Argentina, donde perdieron la vida más de 300 aficionados. Desde entonces, por razones obvias, la estrategia para contrarrestar actos de violencia en los escenarios deportivos es otra. Hoy se emplea mayor control en las graderías, sin usar armas pero estando muy atentos para impedir que se registren accidentes como el que ocurrió, en ese mismo estadio, en abril del año 2000 cuando murió un adolescente al ser impactado en el rostro por un artefacto pirotécnico. Actualmente, las condiciones de seguridad preventiva son otras y quién podría dudar que el espectacular Estadio Monumental es uno de los más modernos y seguros de Latinoamérica. Quiero hacer la salvedad de que, en su interior, el Estadio reúne las respectivas medidas de seguridad: cámaras de video, rampas, luces de emergencia, cantidad de puertas de acuerdo al aforo, etc. El problema radica en el cuello de botella que se hace en las inmediaciones del estadio, tanto en la Avenida Huarochiri, como en la Avenida la Molina. Leer completo » |
El delito en las calles es cada vez más frecuente y, para los ciudadanos, fuente de incomodidad y miedo. No importa la clase social ni el género, hoy el miedo a ser victima de algún delito o accidente de tránsito marca la forma de relacionarse con la ciudad. Es cierto que el miedo da rienda suelta a la imaginación, más cuando se vive en una inmensa ciudad de más de ocho millones de habitantes como Lima, donde la delincuencia y los accidentes de tránsito se sienten como una amenaza. Es cierto que la percepción implica subjetividad y guarda relación con la experiencia personal de cada uno. Algunos podrán decir que es exagerada o injustificada esta extendida percepción de inseguridad, pero bastará con sólo mirar los primeros 15 minutos de los noticieros o ver las páginas policiales de los diarios para entender la magnitud de este fenómeno. El delito, así como los accidentes, nos lleva a las más variadas emociones que van desde la indiferencia hasta el pánico, pero realicemos las siguientes preguntas: ¿quién no tiene temor de sufrir algún delito o accidente de tránsito?, ¿cuántos abordan el transporte público con miedo?
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